Luis Herrero-Tejedor.

El propósito de relatarse: no te olvides de contarlo

jueves 25 de septiembre del 2025

Actualizado el 26/09/2025 10:46

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En algún lado está escrito que, en 1904, es decir, menos de tres años después de que, desde la estación de Poldhu, Guglielmo Marconi enviase en código morse la primera señal de radio de la historia, Nikola Tesla inició uno de esos pleitos dramáticos que supongo que podrían filmarse con Adrien Brody de protagonista.

La historia, tal como se narra, lo tiene todo para rellenar un par de trailers, por lo menos. En 1909, Marconi ganó el Nobel de Física gracias a ese logro. En 1943, es decir, 34 años después, Tesla murió sin demasiada gloria y, suponemos, con bastante pena. A los pocos meses el Tribunal Supremo de Estados Unidos dictó una sentencia que, según se mire, vendría a corroborar que el italiano disfrutó durante demasiadas décadas del engañoso reconocimiento como padre indubitable del invento. Y hoy hay quien sostiene que ese honor le debería haber correspondido desde el principio a Tesla.

En fin, cualquiera sabe. Lo que es innegable es que en pleno siglo XXI el desdichado inventor serbio le pone nombre a la mitad de los taxis del mundo. Y también que la controversia no ha terminado. Todavía corren ríos de tinta al respecto. Se encienden debates pesadísimos en algunas sobremesas (no sabemos cuáles). Y las mentes más circunspectas se sumergen en divagaciones profundísimas, sin encontrar siquiera algo parecido a una contestación satisfactoria. ¿Quién es más padre de una idea, quien la piensa o quien la ejecuta? ¿Qué es ejecutarla bien?

Encima de la mesa se exponen otros nombres como ases de una baraja: Fessenden, Lodge, Stone… Patentes y logros similares por las mismas fechas los hay de todos los colores. Quizá lo más sensato, concluyen al fin algunos ecuánimes negociadores, sería atribuir la autoría de semejante peldaño hacia el progreso a una colectividad brillante. Y lo más curioso es que entre ella casi ninguno añade a Julio Cervera Baviera, el ingeniero y militar español que, en 1902, transmitió un mensaje de voz humana, sin cables, a una distancia lo bastante apabullante como la que separa Alicante de Ibiza. Bueno. Lo que pasa es que, si queremos ser del todo justos, casi ninguno conoce realmente quién fue este tal Cervera.

A diferencia de Marconi, e incluso del propio Tesla, las patentes del español se quedaron en España y los relatos de su éxito no llegaron más allá de nuestras fronteras. Su red de contactos jamás ambicionó asaltar la Gran Manzana. No fundó una compañía que llevase su nombre ni peleó con sus colegas por llamar la atención de Wall Street. Su historia se quedó enterrada, aunque registrada. Y sólo gracias a este último detalle podemos conocerla hoy, quizá para admitirlo en la cohorte de hombres de ingenio que alguna vez contribuyeron a los avances de la civilización.

Suele ocurrir que lo más incómodo de cualquier trabajo bien hecho tiende a ser comunicarlo. Existe un pudor ancestral, una norma nunca escrita del decoro que impide a muchos actuar como Luis Miguel Dominguín, que si sedujo a Ava Gardner no fue tanto por la seducción en sí, sino para poder contarlo. A esto se suma la idea asentada tras el auge del marketing y de la publicidad, de las redes y los algoritmos; una era comunicativa que ha introducido en las cabezas la sospecha que une el tímido alardeo con la voluntad de engaño. Y no son cuestiones del todo infundadas, desde luego. Pero son cuestiones que, si ponen de manifiesto algo no es tanto la banalidad de relatarse, sino más bien de su contrario.

«No es casualidad que quienes más fidelidad generan sean quienes han conseguido explicar con honestidad el sentido de lo que han construido».

Porque relatarse bien poco tiene que ver con engañar. En un mundo saturado de mensajes y estímulos, la diferencia entre hacerlo bien o mal no es un asunto accesorio ni una cuestión de oportunidad perdida. Es, directamente, una responsabilidad social y corporativa. En tiempos de incredulidad generalizada, lo que mejor sostiene a una marca es la coherencia entre lo que hace y lo que cuenta, entre la autenticidad de sus mensajes y la claridad de su propósito. No es casualidad que quienes más fidelidad generan sean quienes han conseguido explicar con honestidad el sentido de lo que han construido.

Relatarse bien exige, antes que nada, haber pensado. Como Tesla, es necesario tener una idea. Y, como Marconi, haberla ejecutado. Sólo después se puede dar la traducción de ese esfuerzo en un relato claro, capaz de proyectar hacia fuera lo que hasta entonces sólo existía hacia dentro.

Relatarse bien es dotarse de una misión que oriente el rumbo de lo que se hace antes de contarlo. Y preguntarse a quién dirigirse y cómo, cuándo, por qué y para qué hacerlo. Si lo pensamos fríamente, todas estas son preguntas que están tan imbricadas en la génesis de cualquier empresa que a menudo se hace llamativo lo difícil que resulta tenerlas en cuenta. Pero, si en algún momento nos entran dudas, basta con pensar brevemente en los inventores de la radio y en el sinsentido que hubiera supuesto que dedicaran tanto ingenio en facilitarnos las comunicaciones para después, como Cervera, no saber comunicárnoslo.

Luis Herrero-Tejedor es consultor senior en PROA Comunicación.

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