Daniel Casal.

Agentes, software y el nuevo papel de las agencias

martes 27 de enero del 2026

Actualizado el 28/01/2026 09:31

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Cuando el software deja de obedecer

La industria del marketing y la publicidad no atraviesa una crisis coyuntural. No es solo una cuestión de presión en precios, atomización del mercado o pérdida de poder frente a las grandes plataformas tecnológicas. Todo eso existe, pero no explica la magnitud del desajuste que estamos viviendo. La crisis es más profunda y estructural: el modelo mental sobre el que se ha construido nuestra industria ya no encaja con la naturaleza del software que empieza a dominarla.

Durante décadas, el software fue una herramienta. Se utilizaba, se operaba, se dominaba. Los creativos trabajaban con Photoshop o After Effects. Los equipos de medios gestionaban campañas en Google Ads o Meta Ads. Los departamentos comerciales organizaban clientes en Salesforce o HubSpot. Todas estas plataformas compartían una lógica común: esperaban instrucciones humanas. La agencia pensaba, decidía y ejecutaba. El software obedecía.

Incluso cuando llegó la automatización, la programática o el machine learning aplicado a la optimización de campañas, el esquema no se rompió. Las reglas automáticas seguían siendo reactivas, limitadas y subordinadas al criterio humano. El software no tenía iniciativa. No tenía continuidad. No tenía capacidad de decisión.

Ese marco está empezando a romperse

Lo que estamos viendo no es una mejora incremental del software orientada a optimizar la productividad de los recursos, sino un cambio de categoría. Empiezan a aparecer sistemas que observan de forma constante, conectan múltiples fuentes de datos, proponen acciones y, en determinados contextos, actúan sin esperar una instrucción directa. No viven en un dashboard ni se activan al abrir una aplicación. Se integran en los flujos de trabajo diarios, en los canales de comunicación y en las decisiones de las organizaciones. Son agentes.

No hablamos de automatización, entendida como ejecutar tareas cuando se cumple una condición. Hablamos de sistemas que trabajan con un objetivo global y, a partir de ahí, evalúan el contexto, eligen acciones y las encadenan en el tiempo. No esperan instrucciones: gestionan decisiones.

«Hablamos de sistemas que trabajan con un objetivo global y, a partir de ahí, evalúan el contexto, eligen acciones y las encadenan en el tiempo».

Este cambio se entiende especialmente bien si se observa lo que está ocurriendo en el ecosistema chino de comercio electrónico. Plataformas como Alibaba llevan años evolucionando desde simples marketplaces hacia verdaderas infraestructuras operativas con inteligencia cada vez más autónoma. En entornos como Taobao o Tmall, los sistemas de IA ya no se limitan a recomendar productos o ajustar precios. Analizan de forma continua el comportamiento de millones de usuarios, el rendimiento de los vendedores, el estado del inventario, la presión promocional y la logística, y a partir de ahí coordinan decisiones completas.

Estos sistemas ajustan campañas dentro del propio ecosistema publicitario, recomiendan a los vendedores qué productos priorizar, cuándo lanzar promociones, cómo modificar precios o qué tipo de contenido activar según patrones de conversión detectados en tiempo real. En muchos casos, el vendedor no ordena la acción; supervisa un sistema que ya ha decidido dentro de unos márgenes previamente definidos.

Algo similar ocurre en la logística, donde sistemas inteligentes anticipan picos de demanda, redistribuyen inventario y optimizan rutas sin intervención humana directa. No ejecutan tareas aisladas: gestionan objetivos de principio a fin. El software deja de ser un medio y pasa a convertirse en un actor dentro del sistema económico.

«El software deja de ser un medio y pasa a convertirse en un actor dentro del sistema económico».

Cuando este modelo se traslada al marketing y la publicidad, las implicaciones son profundas.

Cuando producir deja de ser el problema

La primera consecuencia es incómoda para la industria creativa: el output se abarata de forma estructural. Generar texto, imágenes, spots, versiones, adaptaciones o tests deja de ser el bien escaso. Ya lo estamos viendo en nuevos modelos de negocio como el de estudios creativos generativos como WIIARD, donde la combinación de criterio creativo senior y sistemas de producción asistidos por IA permite mantener un nivel creativo alto, reducir drásticamente el coste unitario de las piezas y acelerar los tiempos de entrega sin perder coherencia ni consistencia de marca.

El valor ya no está en producir más piezas, sino en decidir cuáles producir y por qué. Un agente puede generar infinitas variaciones creativas conectándose a motores generativos o herramientas de diseño del mismo modo que hoy lo hace un equipo humano, pero sin fatiga y con continuidad.

Cuando el output se abarata, el valor se desplaza. Y se desplaza hacia algo que no se puede automatizar fácilmente: el criterio.

Durante años, la creatividad se ha medido en entregables. Campañas, conceptos, piezas, adaptaciones. Incluso la estrategia solía cristalizar en un documento cerrado. En un mundo de agentes, eso deja de ser suficiente. Un sistema creativo no aporta valor porque genere ideas, sino porque decide cuáles no deben ejecutarse. Porque detecta incoherencias antes de que el mercado las penalice. Porque entiende cuándo una marca debe hablar y cuándo el silencio es la opción más inteligente.

De crear ideas a diseñar decisiones

La creatividad ya no se materializa solo en campañas o ideas puntuales, sino en una forma constante de decidir y actuar. Deja de ser algo que se entrega y pasa a ser algo que se ejerce de manera continua. Diseñar comportamiento es infinitamente más complejo que producir ideas: obliga a convertir intuiciones en reglas, aprendizajes pasados en memoria operativa y valores abstractos en decisiones concretas.

Y este es, en el fondo, el cambio estructural que se le exige a las agencias creativas. Su valor ya no estará en materializar conceptos brillantes, sino en diseñar sistemas de decisión que traduzcan una visión creativa y unos valores de marca en comportamientos coherentes, repetibles y sostenidos en el tiempo. Pasar de crear ideas a diseñar cómo se decide. De entregar piezas a construir criterio creativo.

«Pasar de crear ideas a diseñar cómo se decide. De entregar piezas a construir criterio creativo».

Algo muy similar ocurre en el terreno del performance. Hoy, los equipos analizan resultados, ajustan campañas, modifican creatividades y presentan informes. Aunque haya automatización, la lógica sigue siendo reactiva y humana. El criterio está fuera del sistema.

Con agentes, esa frontera se difumina. Un sistema conectado a plataformas de medios, datos de ventas reales, CRM e inventario no espera a que alguien revise un dashboard. Decide hipótesis, prioriza tests, pausa campañas por fatiga creativa antes de que los ratios se deterioren y escala inversión cuando detecta señales tempranas de tracción. No ejecuta campañas: gobierna el crecimiento.

Aquí el cliente deja de pedir acciones y empieza a delegar responsabilidad. Ya no pide “hacer campañas”, sino “hacer crecer un KPI dentro de unos límites”. Y ese cambio desplaza el valor desde la herramienta hacia el diseño de las reglas de decisión.

Cuando estos sistemas interactúan con clientes, ajustan mensajes o toman decisiones de comunicación, ocurre algo todavía más delicado: no representan a la marca, actúan como la marca. Un error deja de ser un fallo estético o un copy desafortunado y pasa a ser una mala decisión autónoma tomada en nombre de la organización.

Por eso, aspectos que tradicionalmente se trataban de forma vaga —el tono, la voz, la personalidad o la sensibilidad cultural— pasan a convertirse en decisiones concretas de diseño. Definir cómo habla una marca deja de ser un ejercicio aspiracional y se transforma en algo plenamente operativo. Tan importante como decidir qué puede decir un sistema es establecer cuándo debe hacerlo, cuándo tiene que pedir ayuda a un humano y cuándo, simplemente, debe detenerse.

El diseño deja de ser interfaz. Pasa a ser gobierno del comportamiento.

El criterio como nuevo modelo de agencia

Todo esto redefine de raíz el papel de las agencias. En un mundo donde el software ejecuta y decide, las agencias que sigan vendiendo horas, piezas o “uso de IA” competirán en un terreno cada vez más barato y replicable. Las que entiendan el cambio venderán algo mucho más escaso: criterio delegado.

La inteligencia artificial no marca el final de la industria, sino el inicio de una etapa distinta. Una en la que el reto ya no será ejecutar mejor, sino aprender a decidir junto a sistemas cada vez más capaces.

«Las agencias que sigan vendiendo horas, piezas o “uso de IA” competirán en un terreno cada vez más barato y replicable».

¿Qué parte de nuestro criterio profesional seríamos capaces de convertir en un sistema capaz de decidir por sí mismo?

Porque cuando la creatividad deja de ser una pieza y empieza a funcionar como un sistema de decisión, las agencias que no sepan diseñar comportamiento se quedarán operando software. Y las que sí, estarán diseñando los cerebros que sostendrán el marketing del futuro.

Muchos pensarán que todo esto pertenece al futuro. Que el mundo agéntico llegará más adelante, cuando la tecnología esté más madura o las organizaciones estén preparadas para asumirlo. Pero no es así. El cambio no está por venir: ya está ocurriendo. Lo que sucede es que seguimos mirándolo con el marco mental del software tradicional.

El mundo agéntico ya está entre nosotros, solo que todavía no lo hemos traducido de forma clara a modelos de negocio para las agencias. Y, sin embargo, ya es perfectamente posible hacerlo hoy.

Pensemos en una marca dedicada a la venta de coches de ocasión, con una rotación constante de stock, cientos de referencias activas, múltiples ubicaciones y una presión permanente por equilibrar captación de demanda, pricing, margen y velocidad de venta. Hoy, gran parte de su relación con las agencias se articula a través de campañas, piezas creativas, ajustes de performance y decisiones comerciales fragmentadas en el tiempo.

Un modelo de agencia basado en criterio delegado funcionaría de otra manera. La agencia no entregaría campañas, sino que diseñaría y gobernaría un sistema de decisión entrenado con su conocimiento creativo, comercial y de marca. Un sistema capaz de decidir qué mensajes activar según el tipo de vehículo, el momento del ciclo de stock, la sensibilidad al precio detectada o el comportamiento histórico de cada zona. No para ejecutar piezas aisladas, sino para mantener una lógica continua y coherente de comunicación y activación.

En este modelo, la agencia no cobra por número de creatividades ni por horas de optimización, sino por mantener vivo ese criterio creativo, por entrenarlo, ajustarlo y supervisarlo en el tiempo. El valor deja de estar en producir anuncios y pasa a estar en decidir mejor qué decir, cuándo decirlo y cuándo no decir nada. La creatividad deja de ser una entrega puntual y se convierte en una capacidad permanente al servicio del negocio.

«El valor deja de estar en producir anuncios y pasa a estar en decidir mejor qué decir, cuándo decirlo y cuándo no decir nada».

Ese es el verdadero salto. No pasar de campañas a inteligencia artificial, sino de campañas a criterio delegado. De vender ejecución a asumir responsabilidad sobre decisiones que operan de forma continua. Y ese modelo no pertenece al futuro: pertenece a las agencias que sean capaces de verlo (y construirlo) antes que las demás.

Por Daniel Casal, Managing partner de bud advisors.

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